“TEJIENDO MEMORIAS…CONVERSANDO CON EL TIEMPO NUEVO 



HILVANAR IDEAS...TEJER HISTORIAS 



Cuando Patricio Romero Barberis fue Prefecto de Pichincha, por al año de 1980, a Lenin Ortíz, antropólogo por vocación y gestor cultural por amor a la cultura, le correspondió organizar la Semana Cultural de Mayo conmemorativa de la Batalla del Pichincha. Fue en el edificio de la Prefectura de Pichincha que, en un aparte de una reunión con Patricio Romero, Lenin me decía que era indispensable conocer Cochasqui para rescatar la cultura aborigen y mostrar al mundo su inagotable fuente de conocimiento sobre los pueblos precolombinos.

Lenin y yo, viajamos un día de junio de 1980, a las famosa pirámides de Cochasquí porque consideraba que un periodista debía conocer esas maravillas, y defenderlas ante el ataque de burgueses ecuatorianos y extranjeros que negaban la validez de la cultura prehispánica. Ese fue mi primer contacto con Cochasquí. Luego conocí a Ramiro Mantilla Valencia, periodista crítico, sociólogo comprometido y extraordinario ser humano que me asombraba por su profundo y apasionado amor a Tabacundo y Cochasquí.

Ramiro es un periodista que, en cada noche de bohemia, toca la guitarra y canta todas las canciones de Víctor Jara, Violeta Parra, Mercedes Sosa, los Quilapayún, Atahualpa Yupaqui, y enamorado de su patria, nunca olvida los pasillos y yaravíes que, quizá oyó por primera vez en Tabacundo, nada menos que en las voces de los mejores cantores ecuatorianos, pero lleva en su yo a su Cochasquí que lo conoce en profundidad porque estudia cada detalle, cada cangahua y sendero de esos cúmulos funerarios o tal vez poblados de inmensa significación social, como diría Lenin Ortíz.

Ramiro Mantilla teje la historia de Cochasquí y parte de sus propias vivencias porque la historia es obra de sujetos sociales como dirían Braudel, Thompson y Hobsbawm, tres científicos que dieron valor a la interpretación y análisis de los hechos cometidos por los pueblos y que pusieron especial énfasis en el estudio de la historia económica y social.

La militancia política clarifica la historia si se la analiza e interpreta con el apoyo de la dialéctica que posibilita, además, desentrañar una serie de fenómenos económicos, sociales, políticos y culturales y Cochasquí es todo ello y mucho más. Por esa razón, Ramiro Mantilla impulsa el Programa Cochasquí, y es parte de convenios internacionales para universalizar su contenido de acuerdo con las concepciones de la historiografía

En ese sentido, el cientista social Pablo Sánchez León, en Braudel y las ciencias humanas y Pedro Benítez Martín sostienen que a Braudel le debemos un relanzamiento de la historia universal y una apuesta por las visiones globales y las pretensiones de totalidad en la comprensión de los grandes fenómenos del pasado. Junto con el empleo sistemático de factores geopolíticos en el análisis histórico, su principal originalidad reside en la concepción del tiempo histórico como una estructura constituida por diferentes ritmos encabalgados a lomos de un marco de referencia estable: el sugerente concepto, acuñado por él, de longue durée o larga duración. Desde estas coordenadas, Braudel afianzó un tipo de investigación situado entre la historia económica y la historia social, cuyas temáticas, desde la lenta evolución de los nichos ecológicos a la volátil moda, pasando por el estudio de los niveles de vida y alimentación y de las pautas de sociabilidad colectiva, siguen hoy en el centro de la atención de los historiadores.
Y es con esa conceptualización, que Ramiro ha escrito, con un lenguaje sencillo, claro, preciso -características esenciales del mensaje-, “Tejiendo Memorias …Conversando con el tiempo nuevo”, trabajo con el que se identifica con su pueblo, con los “sujetos históricos que representan la experiencia cultural colectiva” como diría Pedro Benítez en el análisis sobre los aportes de Fernand Braudel, Thompson y Eric Hobsbawm que, también se destacaron en la militancia política marxista, para resaltar en la historia el papel de los pueblos en permanente lucha por su liberación.

Cuando en este libro, el autor habla de Cochasquí, Tocachi, Tabacundo, Guayllabamba, Abya Yala, o de los procesos para una conducta ambiental responsable, construyendo la cultura de la paz, los derechos humanos, los saberes originarios, por ejemplo, el conocimiento de la metodología para contar historias nacidas de una formidable experiencia de vida, no sólo se apoya en las tesis de la historiografía contemporánea, sino que recurre a sus saberes sociológicos, en especial a la Antropología Social que suele conceptualizarse como “una disciplina científica que se ha desarrollado y definido de forma paulatina desde finales del siglo XIX.

En sus inicios, su objeto de estudio lo constituían los llamados pueblos primitivos o preindustriales, pero conforme se ha desarrollado, ha ampliado su campo de investigación. Actualmente, “un antropólogo social estudia la cultura y las instituciones sociales en diversos grupos humanos, ya sean cazadores, recolectores, horticultores, campesinos, obreros, agentes de bolsa, industriales…” y así lo hace el autor cuando se refiere, a diversos temas que ha investigado y vivido para hablar con propiedad de temas ecológicos, de los cambios y profundas transformaciones sociales, culturales, políticas de los que ha sido actor, junto a los seres humanos con quienes se ha interrelacionado, sin faltar siquiera el homenaje a la memoria de la compañera periodista y amiga Pilar Núñez, a quien la muerte prematura nos privó de su dinamismo, inteligencia y compromiso político.

El autor ha investigado y vivido los temas sobre los que escribe. Los compromisos ecológicos, los cambios socioculturales, las normas de conducta y los valores políticos, la ideología que es la cosmovisión de la relación entre el yo y el nosotros, entre el “yo y el mundo, sus seres y sus cosas” como diría Philipp Lersh. Pero “toda esta información no tendría sentido si no estuviera relacionada con una finalidad: estudiar la diversidad humana, explicar las semejanzas y las diferencias, el cambio y la continuidad en los distintos sistemas socioculturales” según se sostiene en las definiciones conceptuales de la Antropología Social.

Más aún, para exponer temas con elevada responsabilidad, sorbe Cochasquí o Guayllabamba, Abya Yala o los saberes originarios, también debió recurrir a los conocimientos derivados de la Arqueología Social que tanto apasionaba a Lenin Ortíz Arciniegas que sostenía que la arqueología si es ciencia no solo debe encargarse del estudio de las sociedades de la antigüedad a partir de los restos materiales que dejaron, sino que, fundamentalmente, se debe estudiar las estructuras sociales, económicas, culturales, es decir, habría que desentrañar los verdaderos significados de los objetos, monumentos y la totalidad de las obras que se pueden encontrar. Sólo así se podían atisbar la vida de los pueblos o culturas humanas ya desaparecidas.

Ramiro Mantilla vive la vida, la siente en cada instante, conoce de sus palpitaciones en las alegrías, dolores, satisfacciones, decepciones y frustraciones porque es parte del pueblo que sueña con cambios, con justicia social, libertad, respeto a los derechos humanos y es profundamente solidario. Por eso mismo es crítico del sistema capitalista que se “cae en pedazos” con sus poderes reales y, entre ellos, el poder mediático que se ha constituido en el Quinto Poder, con tanta efectividad o mayor que el Quinto Poder creado por la Constitución de Montecristi y que resultó un fiasco histórico por su total subordinación al Poder del Ejecutivo.

Como ser humano responsable quisiera vivir en una democracia plena, capaz de construir una cultura de paz porque es la hora de la Patria porque sabe que una convivencia humana digna, sólo es posible cuando seamos capaces de construir un Estado de derecho en el que prime la igualdad, el respeto al ser humano que ha sido capaz de elevarse desde la naturaleza de su ser, para constituirse en persona de derechos y con derechos.

Ramiro Mantilla Valencia, desde el, fondo de su ser social consciente, desde las vivencias del si mismo, sin temores ni complejos, nos entrega esta obra que nos conduce a meditar en la esencia del yo y de sus interacciones, de las experiencias y las expectativas para un mañana mejor, y más humano, digno y solidario.

Sin duda, el placer de leer se satisface a plenitud con textos frescos, honestos en su fondo y en su forma, leales a su memoria y a su pueblo.

Rodrigo Santillán Peralbo