EL 2 DE AGOSTO DE 1810  



DOS SACERDOTES DE VALÍA 



César Albornoz
Hace dos siglos Quito se había convertido en una ciudad asediada por tropas realistas
provenientes de los virreinatos de Nueva Granada y de Lima que cometían saqueos y
múltiples atropellos en contra de su población de aproximadamente 25.000 habitantes,
considerada por las autoridades españolas de alto peligro por sus frecuentes rebeliones.
Con ese fin se había decidido poner en orden a los revoltosos recurriendo a un fuerte
control militar. “480 fusileros del Real de Lima, 80 dragones de Guayaquil, con una
gran dotación de artillería, varios batallones del norte, aparte de 290 reaccionarios que
se alistaron en la propia capital. Y como 5.700 hombres perfectamente armados
ocuparon escalonados las cercanías de Quito, listos a avanzar al primer pedido del
Presidente”, según refiere Oscar Efrén Reyes en su Breve Historia del Ecuador.
En ese escenario de descontento y malestar ciudadano, a las primeras horas de la tarde
del 2 de agosto de 1810 un pequeño grupo de quiteños armados de cuchillos atacan el
presidio del Carmen Bajo, donde se encontraban encerrados una parte de los
condenados por las autoridades españolas por la subversión del 10 de Agosto de 1809.
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Quieren impedir lo que se rumoraba en la ciudad: que ese día se fusilaría a varios de los
46 patriotas condenados a muerte por el fiscal de la causa Tomás Arechaga.
El relativo éxito en ese primer asalto les dio el coraje suficiente para intentar liberar a
los más connotados dirigentes del 10 de Agosto de 1809, prisioneros bajo fuerte
custodia en las mazmorras del Cuartel Real. Es cuando se inicia la matanza. Los
oficiales al mando, temiendo que los rebeldes logren su objetivo, ordenan se les ejecute
en su propia celda.
Así, uno a uno, caen asesinados los ex ministros y altas autoridades de la primera Junta
quiteña: el radical antioqueño Juan de Dios Morales, ministro de Negocios Extranjeros
y de la Guerra; Manuel Rodríguez de Quiroga, nacido en La Plata allá en el Alto Perú,
ministro de Gracia y de Justicia; el quiteño Juan Larrea, ministro de Hacienda; Juan
Salinas, oriundo de Sangolquí, Jefe del ejército; el guayaquileño Juan Pablo Arenas,
Auditor General de Guerra; el sacerdote quiteño José Riofrío, capellán de las tropas
patriotas. También son acribillados los diputados por los barrios quiteños Mariano
Villalobos y Francisco Javier Ascázubi. Y junto a ellos, Anastasio Oleas, J. Tobar,
Manuel Cajas, Antonio Arenas, Nicolás Aguilera, Antonio de la Peña, Vicente Melo,
Atanasio Olea, Nicolás Aguilera, Carlos Betancourt, José Vinueza, y N.N. Tobar. En
total, 32 de los 84 ahí detenidos. El ambateño Mariano Castillo, de destacada actuación
en batallas posteriores, escapa de la masacre simulando entre los muertos ser uno de
ellos.
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La carnicería prosigue en las calles quiteñas ante el masivo repudio de sus habitantes
sumando alrededor de 300 las víctimas en esa trágica jornada.
Varios de los participantes en la Junta de 1809 son desterrados, tal el caso del destacado
profesor universitario de ideas avanzadas Miguel Antonio Rodríguez, que cumple su
exilio durante largos años en la capital de la lejana Filipinas, o de Pablo Espejo,
hermano del precursor, enviado al Cusco. Manuela Cañizares tiene que esconderse en
varios lugares para evitar su arresto, terminando recluida en el convento de Santa Clara
donde muere en 1814.
En una de sus célebres proclamas para arengar a los patriotas en la justa causa de la
guerra por la independencia, Bolívar, en 1815, todavía conmovido e indignado por la
barbarie de los asesinos dirá: “En los muros sangrientos de Quito fue donde España, la
primera, despedazó los derechos de la naturaleza y de las naciones. Desde aquel
momento del año 1810, en que corrió la sangre de los Quiroga, Salinas, etc., nos
armaron con la espada de las represalias para vengar aquéllas sobre todos los
españoles”.
Esta aciaga fecha en la que son eliminados muchos de los próceres más progresistas de
la independencia ecuatoriana, se inscribe en lo que los historiadores han calificado
como la primera fase de las luchas libertarias que se dan en nuestro territorio para
sacudir el yugo español, aquella que va desde la navidad de 1808 en Chillo Compañía,
la hacienda de Juan Pío Montúfar, que sirve de pretexto a los precursores para fraguar
las primeras acciones de la emancipación, hasta ese otro diciembre de 1812 cuando en
la batalla de Ibarra los patriotas quiteños son vencidos por el sanguinario Toribio
Montes que reemplaza al conde Ruiz de Castilla en la presidencia de la Real Audiencia
de Quito.
En esos convulsionados cuatro años se sucederían acontecimientos memorables para los
anales patrios. El 9 de agosto de 1809 los complotados reunidos en casa de Manuela
Cañizares organizan el primer grito de la independencia, inmortalizando a Quito al día
siguiente como Luz de América. El 16 de ese mismo mes se instaura en la Sala Capitular
del convento de San Agustín la primera Junta Suprema. La ingenuidad, dudas, temores
y traiciones llevan a la devolución del poder arrebatado a la autoridad española a los 80
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días del golpe de Estado, tiempo que duró ese primer gobierno de criollos en la América
española. En septiembre de 1810 se instaura la segunda Junta Soberana que duraría algo
más de dos años, cuyo Congreso Constituyente proclama solemnemente el 11 de
diciembre de 1811 la independencia de Quito y promulga el 15 de febrero de 1812 la
Constitución del Estado de Quito, primera carta magna en nuestra historia jurídica. El
linchamiento del 15 de junio de 1812 al ex presidente de la Real Audiencia Ruiz de
Castilla ‒responsable de la masacre del 2 de agosto y símbolo de todos los desmanes de
las tropas realistas y poderes coloniales‒ por parte de los vecinos de San Roque
comandados por las patriotas Rosa Zárate y María Larraín, por cuya causa muere el
odiado conde en su ley tres días después. A los mártires del primer grito de
independencia quiteña, traicionados por quien había empeñado su palabra de no tomar
ninguna clase de represalias por los sucesos del 10 de Agosto de 1809, y al héroe
continental Túpac Amaru, en cuya muerte había participado en 1781 Ruiz de Castilla,
les hacía justicia la vindicta popular.
La repercusión de la revolución quiteña, como es ampliamente conocido, tiene alcances
continentales y sirve de aliciente y ejemplo a muchos patriotas a lo largo y ancho de las
colonias españolas en Nuestra América.
Detrás de los hechos brevemente referidos se esconde todo un complejo proceso social
que puso en escena a distintas fuerzas que se abanderaron ya sea por las ideas del
cambio o por las del orden, según fueran sus intereses. Grandes terratenientes criollos
fieles a la corona española, o que perseguían únicamente una mayor participación en el
poder local, con claras posiciones monárquicas, temerosos de los sectores sociales de
avanzada que, imbuidos por las modernas ideas de la Ilustración, enarbolaban las tesis
de independencia total de todo tutelaje metropolitano, soberanía nacional y república
con división de los poderes del Estado, repartición de tierras, abolición de la esclavitud,
democracia representativa y libertades ciudadanas. Una verdadera confrontación de
paradigmas no solo en oposición a los opresores extranjeros, sino al interior de las
fuerzas involucradas en el movimiento independentista.
El 2 de Agosto de 1810 sirve en nuestros días para recordarnos todo eso y para innovar
interpretaciones que recuperan por una parte la actuación de actores populares
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anteriormente invisibilizados: mestizos, negros, indios, mujeres y, por otra, la
autoestima de nuestros pueblos al sentirse herederos de una rica tradición histórica.
Paradojas de la historia, el Concejo del Distrito Metropolitano de Quito no se ha
percatado en ninguna administración de eliminar de la nomenclatura de sus calles los
abominables nombres del conde Ruiz de Castilla y Toribio Montes, victimarios de los
patriotas quiteños y latinoamericanos; incluso por ahí existe una calle José de Abascal,
que esperamos no sea en honor del virrey de Lima, uno de los más encarnizados
enemigos de la Revolución de Quito y de la emancipación de todos los pueblos
hispanoamericanos.
Llama también la atención que a una de las avenidas más importantes de la ciudad
todavía no se le haya restituido su nombre en un importante y extenso tramo, a pesar de
que la gran mayoría de quiteños la seguimos llamando 10 de Agosto y no por el
apelativo del ex presidente que pocos recuerdan sus méritos y que inexplicablemente se
hizo acreedor a tanto honor.
Dos próceres del 10 de Agosto que la historia nacional poco recuerda

DOS SACERDOTES DE VALÍA[1]
Oswaldo Albornoz Peralta

Si no de la talla de Hidalgo o de Morelos esos gigantes de la independencia americana, también nuestra gesta emancipadora tiene en su seno sacerdotes de gran valía, tanto por sus ideas progresistas como por el tesón y el coraje que demostraron en esa lucha heroica.
Aquí sólo queremos esbozar las semblanzas de dos valerosos religiosos: Miguel Antonio Rodríguez y José Riofrío.
Ninguno de los dos ha merecido un libro de biografía, mientras que otros de sus cofrades que no les llegan ni siquiera a las rodillas, han tenido la suerte de sendas páginas enaltecedoras, quizás merecidas unas pocas, pero de sobra todas las demás.
Empecemos por el doctor en los dos derechos, Miguel Rodríguez.
MIGUEL RODRÍGUEZ
No se conoce la fecha exacta de su nacimiento, pero se sabe que tiene lugar hacia el año de 1777 en la ciudad de Quito, capital entonces de la Real Audiencia de su nombre.
Pronto, debido a su talento y a su dedicación por el estudio, le encontramos como profesor de la Universidad. El doctor Pablo Herrera en su Antología de prosistas ecuatorianos, dice que se “hizo notable por sus conocimientos extensos y variados, por la claridad de su inteligencia y la fecundidad de su ingenio”.[2] Según afirma Astuto en su biografía de Espejo, es el primero en enseñar las teorías de Copérnico, que como se sabe, son mal vistas y combatidas por los clérigos ultramontanos. Pero, sin duda, más importante que todo esto, es que allí, en el claustro universitario entra en contacto con varios de los futuros próceres de nuestra independencia, pues por ese lugar deambulan profesores y estudiantes que sueñan con una patria libre. Seguramente se discuten, aunque sea a sotto voce, las nuevas doctrinas políticas progresistas provenientes de varias partes del mundo. Inclusive las más revolucionarias irradiadas por la revolución francesa.
Uno de sus discípulos, el prócer Luis Fernando Vivero, que está entre los pensadores ecuatorianos más avanzados de esa época, le dedica como homenaje póstumo su gran libro Lecciones de Política. La dedicatoria dice:
A la memoria
de
Miguel Antonio Rodríguez,
natural de Quito,
sacerdote virtuoso,
ilustrado y celoso director de la juventud,
modelo de patriotismo, víctima de la crueldad española,
dedica estas páginas
su amante discípulo
Luis Fernando Vivero [3]
Otro prócer, así mismo de avanzado pensamiento, el doctor Manuel Rodríguez y Quiroga ‒en ese entonces secretario de la Universidad‒ también pondera sus virtudes y conocimientos en el acta que suscribe con motivo del examen secreto a que se somete para optar por el grado de doctor en Teología, pone de relieve sus afanes y tareas literarias. Y refiriéndose al maestro, dice que en dos ocasiones ha desempeñado la cátedra de Filosofía, “con tanto acierto y general aplauso”.[4]
El 10 de Agosto de 1809 se inicia la lucha por nuestra independencia, y salen a la luz pública, los hombres comprometidos con esa causa. Sale con paso firme y decidido, el catedrático Miguel Antonio Rodríguez.
Cuando se produce la inicua matanza del 2 de agosto de 1810, él es el encargado de pronunciar la oración fúnebre en honor de los patriotas caídos. Con frases doloridas, pero sin poder decir todo lo que piensa porque la revolución está vencida, da el adiós a los prisioneros masacrados. El poeta Jorge Carrera Andrade dice que su voz fue como un formidable anatema: “Dos de agosto, día infausto: una noche eterna te borre del número de los días y de la memoria de los hombres”.[5]
Los revolucionarios, empero, vuelven a levantar cabeza. En la ciudad de Ambato, el mes de febrero de 1812, se aprueba nuestra primera Constitución, redactada por Miguel Antonio Rodríguez, según afirmación de Pablo Herrera. Es de pensar que él ‒que no en vano es traductor de Los Derechos del Hombre‒ con la ayuda de unos pocos diputados progresistas como el doctor Ante por ejemplo, es el que logra introducir en ella algunos postulados avanzados, empresa muy difícil, porque la mayoría de los representantes pertenecen a la nobleza criolla y son contrarios casi todos a los principios democráticos y republicanos. Por eso los defectos de esa Constitución. Basta decir que en ella todavía se habla de Fernando VII.
Los principios avanzados y democráticos de nuestra referencia, como es lógico, en la época, tienen su fuente en la doctrina liberal y emanan, principalmente, de las vertientes de la revolución francesa. Su influencia es tan clara en esta primera Constitución ‒Pacto Solemne de Sociedad y Unión entre las provincias del Estado de Quito, se la denomina‒ que ni siquiera los historiadores y constitucionalistas conservadores han podido negarlo. El doctor Ramiro Borja y Borja ‒La Constitución Quiteña de 1812‒ dice que el influjo de la teoría del Contrato Social y de la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano son manifiestos. Y el doctor Julio Tobar Donoso expresa que se nota, a primera vista, la presencia de los principios difundidos por la revolución de 1789, así como de los ideales políticos propagados por Nariño y Espejo.
No se puede negar, entonces, ‒como algunos pretenden‒ el temprano aporte ideológico del liberalismo a nuestra gesta emancipadora.
Estas actuaciones de Rodríguez son tomadas en cuenta por el gobierno colonial que, como es de rigor en ese entonces, vigila de cerca todos sus movimientos. Núñez del Arco en su célebre y conocido Informe, se expresa de él de la siguiente manera:
Su propietario doctor don Miguel Rodríguez ‒se refiere a que en ese entonces es capellán del Carmen Moderno como propietario‒ insurgente seductor se precipitó con extraordinario furor y entusiasmo y fue representante que siempre peroraba con arrogancia y desvergüenza. Hizo publicar una obra titulada: Derechos del Hombre extractada de las máximas de Voltaire, Rousseau, Montesquieu y semejantes. Presentó al Congreso las constituciones del estado republicano de Quito las que fueron adoptadas, publicadas y juradas. En suma fue tan insolente y atrevido que a nuestro Soberano el señor don Fernando 7º lo trataba públicamente con el epíteto de el hijo de María Luisa.[6]
La difusa versión de Núñez del Arco, que puede dar lugar a interpretaciones erradas, es aclarada por el historiador Celiano Monge: dice que se trata de una traducción de los Derechos del Hombre acompañada de un comentario sobre ese célebre documento revolucionario. No hay duda que este trabajo de Rodríguez agrava grandemente su "culpa", pues, como se sabe, las obras de los enciclopedistas y filósofos franceses están terminantemente prohibidas y condenadas por la Iglesia.
Estos, pues, los graves pecados de este insurgente seductor.
Y por ser tan graves no podían quedar sin el condigno castigo. Y este tenía que ser drástico y ejemplar para la satisfacción de sus enemigos.
Efectivamente, según consta en el Diccionario biográfico del Ecuador de Gustavo Arboleda, cuando los realistas se apoderan de Quito, es “condenado a muerte y a embargo de bienes”, pena que luego es conmutada “por la reclusión en una recoleta de Manila”.[7]
Montes, presidente de la Real Audiencia, es el encargado de ejecutar la pena en 1813.
La sentencia le impone diez años de destierro en las lejanas islas Filipinas. En su capital, Manila, permanece custodiado por el prior del convento de recoletos, que guardaba las llaves de su celda. Celiano Monge dice que sólo se le permite hablar con religiosos de confianza, inmunes a la seducción. Es tal el temor que se le tiene, que según el autor que acabamos de citar, el rey ordena en 1817 que no se envíen a esa colonia insurgentes de su importancia, para así impedir la expansión de las ideas revolucionarias.
Al volver a la patria, después de conseguida la independencia, muere envenenado en la ciudad de Guayaquil, según se asegura. “Envenenado ‒dice Carrera Andrade‒ por los mismos hombres que habían ahogado en la sangre del pueblo la libertad recién nacida.”[8]
Y en efecto, ¿quiénes más podían cometer un crimen tan horrendo?
El presbítero José Riofrío
Nace en 1764. En la declaración que rinde por los acontecimientos del 10 de Agosto, afirma que es nativo de Quito.
Al igual que muchos otros sacerdotes recorre varias regiones de la patria: está en las feraces selvas orientales y en los pequeños pueblos andinos perdidos entre la bruma de la cordillera. El nombre de uno de estos curatos, Píntag, pasa a la historia. Allí parece que germina su amor a la libertad.
Según Roberto Andrade, es el prócer Juan de Dios Morales que se halla confinado en este lugar, el que le lleva a la senda emancipadora. Y Morales, como se sabe, es pensador de ideología avanzada y republicano auténtico, debiendo por consiguiente haber contagiado la mente del presbítero, aunque sea en pequeña proporción, de aquellos ideales. Pero, en realidad, porque su acción revolucionaria es corta y fulgurante, nada, o casi nada se conoce de sus ideas políticas. Esto no importa. Riofrío vale, más que por su pensar, por su accionar. Él está entre los combatientes más firmes y decididos, entre aquellos que al contrario que gran parte de los participantes en las luchas por la independencia, no vacilan nunca y menos traicionan a su causa. El permanece inmune y enhiesto ante el temor y la cobardía. Y en esa actitud viril, precisamente, reside su valía.
Desde que se decide por la independencia está presente en todas sus acciones. Está en la primera conspiración del 25 de diciembre de 1808 ‒por eso llamada de navidad‒ que se verifica en la hacienda de Chillo del marqués de Selva Alegre. Por esto es apresado y recluido en el convento de la Merced, pero pronto sale libre, porque el proceso instaurado contra los conspiradores es mutilado y despojado de sus piezas principales, según afirma el escritor colombiano Manuel de Jesús Andrade en su libro Próceres de la Independencia. Sale libre, para seguir la brega.
Y claro, no podía faltar, concurre a la conspiración definitiva del 10 de Agosto en la casa de la patriota Manuela Cañizares, donde se da el primer grito de independencia.
Una vez triunfante el golpe revolucionario, se convierte en predicador y portavoz de los fines e ideales perseguidos por los rebeldes. Corre a su curato de Píntag y da cuenta a sus feligreses de la transformación que se acaba de verificar. Esto consta en una comunicación remitida a Pío Montúfar, donde se da cuenta que el pueblo a su cargo, después de haber predicado la novedad, “reconoce la constitución y obedece ciegamente a la Suprema Junta establecida a vuestro Real Nombre”.[9] Luego, sin perder tiempo, se integra a una comisión especial conformada para levantar el espíritu revolucionario de las tropas que marchan a combatir en el norte. Agudo observador, allí, junto a los soldados, anota las deficiencias y errores de la campaña, así como las vacilaciones y falta de patriotismo de los jefes y oficiales criollos. De todo esto, indignado, da cuenta en varias comunicaciones al ministro de la Guerra, su amigo Juan de Dios Morales. Dice esto en una de ellas:
Permítame V. E. Explicarme con la claridad que acostumbro y que se necesita en un asunto de la mayor importancia. Si no se hubiese compuesto la Falange de oficiales delicados que no pueden dormir sino en catres, que no pueden salir al aire sin temor a un resfrío, que no pueden comer más que pucheros exquisitos y manjares, últimamente como damas y no como hombres, no haría tantos gastos el Estado, haríamos temblar las provincias y no veríamos sediciosos. En fin, ya se cometió el yerro y espero de la integridad de V. E. que en adelante se atienda al mérito de vasallos útiles y no a la contemporización de hombres inservibles y, por tanto, perjudiciales.[10]
La expedición, con esta clase de oficiales, no puede menos que fracasar por completo. De nada sirve la gran labor de propaganda y organización desplegada por Riofrío. Tanto más que su jefe máximo, el “general” Manuel Zambrano, a más de cobarde, resulta un traidor. Máculas estas que, por desgracia, no alcanza a percibir el abnegado sacerdote.
La traición de la que es partícipe Zambrano como acabamos de decir, ha tomado vuelo. Juan Pío Montúfar y buena parte de la nobleza criolla, a cambio de un perdón solicitado y prometido, devuelven el poder al conde Ruiz de Castilla. La revolución, con mano artera, ha sido vencida.
El viejo mandatario español, empero, rompiendo su promesa, ordena el enjuiciamiento y prisión de los comprometidos en la transformación efectuada, inclusive los vacilantes y traidores.
Se destinan doce hombres al mando del noble Francisco Aguirre para la captura de Riofrío, mandato que cumple con celeridad digna de mejor causa. Esta detención es comunicada por Ruiz de Castilla al obispo Cuero y Caicedo para que ponga expedita la cárcel eclesiástica, prelado que, “para no hacerme responsable a V. E. y al Rey Nuestro Señor o que se me impute a debilidad o disimulo reprensible cualquier evasión”,[11] manifiesta que esa prisión carece de seguridad, debiendo por lo tanto ser trasladado a otra mejor resguardada. Mas esto no es lo peor, sino que luego se concede licencia para que él y otros clérigos sean conducidos al cuartel Real de Lima como reos comunes. Allí, según afirmación del escritor doctor Manuel María Borrero, son “calzados de grillos y torturados con incomunicación, hambre, miseria y desnudez, sin respeto ninguno a su investidura sacerdotal”.[12]
Riofrío, cuando rinde su declaración en el juicio que se le sigue, valientemente, no niega su participación en los acontecimientos. La acusación fiscal es implacable y cruel. Se pide su muerte y la confiscación de todos sus bienes.
Y la muerte viene con paso acelerado. No por sentencia legal, sino por obra del crimen: en la matanza inhumana del 2 de agosto de 1810 recibe un balazo y una herida de bayoneta que le llevan a la tumba. Mejor, a las páginas enaltecedoras de la Historia.
Queda esbozada, aunque sea incompletamente, la postura de estos dos próceres de sotana. Rodríguez representa el pensamiento avanzado que mira con penetración hacia el futuro. Riofrío representa el tesón y la valentía, invulnerable y resistente como acero a toda vacilación y componenda. Ambos, unidos, son paradigma de los valores patrios.
REFERENCIAS:
[1] Tomado de Oswaldo Albornoz Peralta, La actuación de próceres y seudopróceres en la Revolución del 10 de Agosto de 1809, Editorial de la Facso - UCE , Quito, 2009, pp. 89-99.
[2] Pablo Herrera, Antología de prosistas ecuatorianos, t. II, Imprenta del Gobierno, Quito, 1896, p. 63.
[3] Luis Fernando Vivero, Lecciones de Política, Imprenta de Gaultier-Laguionie, París, 1827.
[4] Celiano Monge, Lauros, Quito, 1910, p. 165.
[5] Jorge Carrera Andrade, Galería de místicos y de insurgentes, Casa de la Cultura Ecuatoriana, Quito, 1959, p. 91.
[6] Ramón Núñez del Arco, Los hombres de Agosto. Documentos históricos, Litografía e Imprenta Romero, Quito, 1940, p. 45.
[7] Gustavo Arboleda R., Diccionario biográfico de la República del Ecuador, Tip. De la Escuela de Artes y Oficios, Quito, 1911, p. 144.
[8] Jorge Carrera Andrade, op. cit., p. 91.
[9] Rex Tipton Sosa Freire, Miscelánea histórica de Píntag, Ediciones Abya Yala, Quito, 1996, p. 264.
[10] Manuel María Borrero, Quito, Luz de América, Editorial Rumiñahui, Quito, 1959, p. 82.
[11] Idem, p. 256.
[12] Idem, p. 258.
Publicado por César Albornoz