EL ECUADOR ESTÁ DE LUTO 



L. PROAÑO Y LUNA TOBAR IMPULSARON LA TEOLOGIA DE LA LIBERACIÓN 



Fausto Jaramillo Y.

Hace poco, llegó a mis manos el último libro de pequeños artículos y ensayos escritos por el desaparecido filósofo y escritor Umberto Eco, en el que me he deleitado con su prosa y me he hundido en la paradoja humana: grandes valores, no siempre puestos en ejercicio, que llaman a la esperanza, y enormes pecados y ambiciones que apuntan a la desilusión.
Uno de los cortos textos de este italiano se titula “Erase una vez Churchil” en el que no se refiere al Primer Ministro Británico que condujo a su pueblo en los aciagos días de la segunda guerra mundial, como hubiera sido de esperarse por el título, sino que se refiere a una encuesta realizada en Inglaterra, en el mes de octubre de 2007, y publicada en la revista “Internazionale” de Italia, en el mes de marzo del 2008. Los resultados de dicha encuesta y que mueven al escritor a comentarla señalan que una cuarta parte, es decir el 25% de los británicos encuestados pensaban que Churchil era un personaje creado por la fantasía, al igual que Gandhi y Charles Dickens. En cambio, muchos de los encuestados (no precisa cuántos) creen firmemente que Robin Hood y Sherlock Holmes, realmente existieron.
Eco toma los resultados de la encuesta de marras para ingresar, y nosotros con él, en un análisis de la relación creada por los medios de comunicación modernos con la historia. Eco pregunta: “¿por qué deberían saber unos jóvenes de 18 años, quién estaba en el gobierno (de su país, de otro país, de cualquier país) hace cincuenta años, mucho antes de que ellos nacieran? A partir de esa pregunta, el autor afirma que “ha cambiado nuestra relación con el pasado”, antes de señalar que: “Con los medios de comunicación de masas se ha difundido una inmensa información sobre el presente, de hecho, en Internet puedo encontrar noticias sobre millones de acontecimientos que están sucediendo en este momento (incluso los más irrelevantes). El pasado del que nos hablan los medios de comunicación de masas, como las vicisitudes de los emperadores romanos o de Ricardo Corazón de León, e incluso las de la Primera Guerra Mundial pasan (a través de Hollywood e industrias afines) junto al flujo de información sobre el presente y es muy difícil que un usuario de películas capte la diferencia temporal entre Espartaco y Ricardo Corazón de León”. A ese fenómeno, el autor lo denomina: “ofuscamiento de la dimensión histórica”.
Pero, ¿qué tiene que ver lo escrito por Eco, con nuestro país? ¿Sucede, en el Ecuador, un fenómeno similar? ¿Nuestros jóvenes también sufren este síndrome de “ofuscamiento de la dimensión histórica? Yo creo que sí. Y la muerte de Monseñor Luis Alberto Luna Tobar es un ejemplo ejemplar de esto.
Si a finales de febrero de 2017 se realizara una encuesta a los jóvenes ecuatorianos que midiera el conocimiento que tienen sobre la figura de Monseñor Luna Tobar, seguramente una mayoría cercana al 100 % diría que sí conoce, o sí ha oído hablar sobre el personaje; pero si la pregunta ahondara sobre su vida y obra, esos porcentajes descenderían al mínimo; apenas si sabrían que se trataba de un Obispo católico que fue enterrado en Cuenca, ciudad en la que desarrolló durante 19 años, su labor pastoral como Arzobispo.
¿Sabrían, por ejemplo, de sus luchas por la defensa de los derechos humanos? ¿Podrían diferenciar su pertenencia a los Carmelitas de la de los Jesuitas, o Franciscanos? ¿Sabrían distinguir si sus enseñanzas se acercan a la Teología de la Liberación? ¿Podrían recitar de memoria, (conste que no digo: analizar y criticar) alguna de sus ideas? Creo que las respuestas harían sonrojar por vergüenza ajena.
El caso de Monseñor Luna no es un caso aislado, por el contrario, es apenas uno más de los tantos que podríamos destacar, su historia es reciente, su muerte se produjo hace apenas unos días. ¿Qué pasaría si extendiéramos esa encuesta a personajes que vivieron hace apenas unas décadas?
Quienes ya peinamos canas nacimos alrededor de 1950, es decir hemos sido actores y testigos presenciales de la segunda mitad del siglo XX, herederos de lo que sucedió en la primera mitad, y observadores de los primeros de este siglo XXI. Por eso, quizás podemos afirmar que cuando empezamos a tener consciencia de que vivíamos en un pequeño país llamado Ecuador, ubicado en América del Sur y víctimas de esa guerra soterrada, llamada guerra fría, en la cual se enfrentaban dos visiones de la geopolítica, poseíamos en la cotidianidad una serie de personajes a los cuales conocíamos de oídas, a pesar de lo cual nos brindaban una sensación de pertenencia a un conglomerado social. El país podía recurrir a ellos, para aprender de ellos, para mirar las rutas que ellos marcaban y encargarles el país si hubiese sido necesario. Eran seres reales, de carne y hueso, por sus venas recorría no solo la roja sangre biológica sino la tricolórica sangre de la Patria. A ella dedicaban sus palabras y sus acciones, sus ideas y conceptos, sus sueños y esperanzas. No importaba el color de su ideología, lo verdaderamente importante era su calidad intelectual y su inagotable amor al Ecuador. Seguramente nuestros padres y nosotros no coincidíamos con muchos de sus postulados porque mirábamos las cosas desde otra orilla, desde otro punto de vista, pero nadie podía ignorarlos, negar su valía y sentir su presencia cívica.
Hace unos años, por razones laborales, fui encargado de contactar con algún personaje, no importaba el color de su bandería política ni su edad, ni su género, tampoco había que fijarse en su profesión, para que pudiera dejar escuchar su voz en un evento académico. Pretendíamos que su discurso de fondo del acto, marcara entre los asistentes, sino la certeza, al menos las dudas necesarias como para meditar sobre ellas, referentes al camino que debía seguir la educación en el país.
Conforme se acercaba la fecha del evento, crecía mi angustia al no encontrar al personaje ideas para ese encargo. Lo había buscado con atención entre los académicos universitarios y no lo hallé. Recordaba las figuras de Alfredo Pérez Guerrero, de Manuel Agustín Aguirre, de Juan Isaac Lovato, de Hernán Malo y ninguno de los actuales se acercaba a sus perfiles.
Quise encontrar entre los mal llamados intelectuales, es decir entre aquellas personas que han dedicado su vida al pensamiento, al arte, a la cultura y nadie se acercaba siquiera a las figuras de Benjamín Carrión, de Jorge Carrera Andrade, de Jorge Enrique Adoum. Tal vez quedaban nombres como Simón Espinosa y Hernán Rodríguez Castelo, pero su edad impedía que me acercara a proponerles esta tarea
Si las artes habían entregado nombres como Oswaldo Guayasamín, Nicolás Kigman, Oswaldo Muñoz Mariño, Pablo Palacio, José de la Cuadra, los de la generación decapitada, o los cuatro de Guayaquil, incluso los jóvenes Tzantzicos, autodenominados parricidas por su afán de encontrar nuevos caminos a la literatura y al pensamiento ecuatoriano, Velasco Mckensie, y tantos otros, ahora el panorama era desalentador.
Viré la ruta y pensé encontrar en la ciencia al personaje que estaba buscando y me topé que los pocos científicos que si existen en el país, están encerrados en sus laboratorios y en su mundo de números, de genes, de células y no tienen contacto con la sociedad que les rodea.
A buscar en la política llegué, lo confieso, cansado, aburrido y prejuiciado. Quise encontrar quien superara en retórica y razonamiento a José María Velasco Ibarra, a Camilo Ponce, a Pedro Saad, a Jorge Salvador Lara, A Carlos Julio Arosemena Monroy o a Raúl Clemente Huerta, es decir aquellos líderes que en las calles o en los centros del poder brillaban con luz propia, tanta que nuestros padres, cuando apenas la radio era el medio de comunicación más avanzado, permanecían pegados a los parlantes para no perderse de la cátedra de ciudadanía que cada uno de los nombrados daba ya sea en el Parlamento o en los mítines políticos. La verdad en este campo tampoco lo encontré.
Tradicionalmente el Ecuador ha sido un país católico y las autoridades religiosas han sido respetadas por sus feligreses, pero también en ella han existido personajes que han brillado para bien del país; pensemos, por ejemplo, al Obispo de Quito e historiador profundo y capaz como Monseñor González Suárez, pero en años recientes a Monseñor Pablo Muñoz Vega, y entre ellos a Monseñor Leónidas Proaño; entonces dirigí mi búsqueda a algún prelado y me encontré que los actuales jerarcas de la Iglesia Católica están más dedicados a reparar sus Iglesias, a entonar algún instrumento musical antes que mirar el horizonte y guiar a los ecuatorianos.
Al final tuve que admitir mi fracaso. El Ecuador había perdido el horizonte porque había perdido a sus referentes; o tal vez, el Ecuador había perdido a sus referentes porque ahora los nuevos medios de comunicación tradicionales y modernos habían banalizado la historia. Los valores que se desprendían de esos personajes habían dado paso a otros valores como la fama, el dinero y la fiesta.
En la prensa escrita, en los medios audiovisuales y en las redes sociales, ahora se busca los 5 minutos de fama, aunque para ello se debe perder la vergüenza propia y exponer públicamente nuestras miserias, en una caravana de gritos, de lágrimas fingidas y de manos extendidas para regocijo de un público ávido de sensacionalismo. Umberto Eco, con claridad escribió: “Pero, tal vez a causa de la llamada sociedad líquida, en la que todo el mundo sufre una crisis de identidad y de valores, y no sabe dónde ir a buscar puntos de referencia que le permitan definirse, el único modo de conseguir reconocimiento es “hacerse ver” a toda costa”. Ese exhibicionismo ha superficializado el humanismo presente en aquellas figuras de ese pasado reciente.
¿Qué pasaría si me refiriera a personajes de mayor antigüedad? Pues, creo sería mejor no ahondar en el análisis, porque los resultados serían causa de llanto y desasosiego. Ante esta realidad, ¿cómo pedirles a los jóvenes que se sientan identificados con la historia de este país? ¿Cómo exigirles que se inocularan contra el “ofuscamiento de la dimensión histórica” que destaca Umberto Eco? Los jóvenes ahora miran la historia en las producciones hollywoodenses, y claro, como en el Ecuador no se producen películas ni materiales parecidos, el contacto con el pasado propio es mínimo, casi inexistente.
Por eso la muerte del Arzobispo emérito de Cuenca, Monseñor Luis Alberto Luna Tobar, el país entero debe llorar su muerte.
No ha muerto únicamente, el cuerpo de este sacerdote y obispo que defendió causas sociales y populares en la franciscana ciudad de Quito y en la pacata ciudad de Cuenca; fue ante todo un defensor de los derechos humanos, sin distingos de condición social alguna, sin exclusiones por raza, edad, condición económica, género o cualquier otro pretexto que nos inventamos los humanos para dividirnos. Para él, todos éramos y somos iguales ante la Ley y ante Dios. Y, sin duda alguna, la muerte de este personaje nos debería doler. Es que su muerte significa la desaparición del último de los personajes ecuatorianos que por su vida y su palabra, durante la segunda mitad del siglo XX, fue un referente de todo el país. Su presencia significó siempre la existencia de la honestidad intelectual y moral, la inteligencia puesta al servicio de la colectividad y la defensa integérrima de sus principios.
Monseñor Luna perteneció a esa clase de hombres y mujeres que marcaron una ruta, perteneció a un grupo de ecuatorianos que, sin distingos políticos o religiosos, mostraron al país que la inteligencia debía acompañar siempre a una férrea ética.
En el panorama de estos días, el Ecuador está huérfano de estos referentes; ya no los encontramos en ninguna parte, y el vacío que sentimos es inmenso, es brutal.
En ocasiones no coincidíamos con su particular punto de vista de todos los personajes mencionados, pero jamás dudamos de su palabra comprometida con la búsqueda de la verdad. La sinceridad en el discurso o el sermón de Luis Alberto Luna Tobar promovía y provocaba la atención de quienes tuvimos la dicha de escucharla, su oración por el desvalido fue real sin hipocresías ni sonrisas sardónicas propias de la falsedad; su sonrisa franca, tal como él lo decía, reflejaba su convicción de que “el amor no cansa, el amor no se cansa” al tiempo que el optimismo por el desarrollo del país nunca abandonó su transitar.
El Ecuador está de luto, no solo porque los jóvenes no conocen su historia y por lo tanto no están comprometidos con su desarrollo; el individualismo los ha tragado y ellos ni siquiera se dan cuenta de ello. El Ecuador está de luto porque en su suelo ya no habitan los soñadores y los hombres íntegros que marcan la ruta de sus conciudadanos. Se ha ido el último de sus Quijotes.